Realmente, nos creemos que lo tenemos todo, me refiero a las personas que vivimos en la mayoría de países desarrollados. Hablo de europeos y norteamericanos capaces superponen la posesión por encima del amor, todos aquellos que no son capaces de escuchar ni mirar a su alrededor, cuya autoestima y salud depende exclusivamente de la riqueza y la valoración externa que reciben de quienes consideran que viven al mismo nivel o todavía superior al suyo.
Para todos ellos, la vida exitosa será aquella en la cual obtengan un título en la universidad, para después conseguir un puesto de trabajo que les proporcione, no solo unas buenas ganancias, sino también la posibilidad de ascender lo que supone todavía una mejora económica.
Finalmente a los cincuenta, cansados de engañarse a sí mismos y a quienes les rodean, empiezan a hacer méritos para ir al cielo en el futuro, así que deciden mandar dinero a un orfanato de Guinea Ecuatorial o apadrinar a un pobrecito somalí, o incluso en algunos casos, acompañados viajan hasta Etiopía para dar una palmadita en la espalda y un balón de fútbol a los niños pobres del poblado de Meki.
Y aquí es donde quería yo llegar, al extremo opuesto de la vida, a la gente que vive en países tercer mundistas como puede ser Etiopía, que dejan su familia y su hogar rural para viajar hasta la capital de su país, en busca de un trabajo con el cual obtener dinero, para dar mejor calidad de vida a los suyos. Nosotros les hemos enseñado que el dinero da la felicidad, y salen en su busca, perdiendo los valores que les quedaban, dejan en su pueblo no solo a la familia y los amigos, sino también la risa, la ilusión, el cariño y las ganas de vivir, terminando la mayoría hundidos en la frustración y la desesperación, mendigando en las calles, volviéndose egoístas y fríos, sobreviviendo a los días gracias a los recuerdos que les quedan del pasado o a los deseos de escapar a otros países.
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